Miguel llega a un monasterio enclavado en el desierto en busca de algo que todavía no sabe nombrar. Con una mente incapaz de detenerse, lleva consigo interrogantes sobre el futuro, las decisiones tomadas y la vida por construir. Cree que treinta días lejos del mundo le ofrecerán las respuestas que necesita; sin embargo, entre la austeridad del recinto, la inmensidad del entorno y una rutina en la que casi nada sucede, el silencio logra lo que ninguna respuesta previa: enfrentarlo consigo mismo. El ruido era yo es la historia de un joven que se aisló voluntariamente para buscar certezas y terminó por aprender a vivir sin ellas. Un relato íntimo sobre el miedo a errar, la identidad, el propósito y ese momento inevitable en el que cesa la exigencia externa de definir el ser. Porque, tarde o temprano, todos terminamos frente a la misma pregunta: ¿Quién eres cuando ya no puedes seguir huyendo de ti mismo?
Capítulo 1
DÍA 1 No sé exactamente qué vine a buscar. Solo sé que ya no podía seguir igual.
Llegué al monasterio como llegan los que no tienen nada que perder: pidiendo aventón desde la central de autobuses, con el polvo de la carretera pegado a la piel y el corazón saltando en el pecho. Era la una de la tarde. El sol de Coahuila no tenía piedad: cayó como un peso físico sobre mis hombros, con aquella luz blanca que hacía que todo se viera demasiado real, demasiado definitivo. A medida que avanzaba hacia el complejo, el entusiasmo que me había traído desde Hermosillo empezó a descomponerse hasta transformarse en un miedo seco. Miré a mi alrededor y la pregunta me golpeó con fuerza: «¿En qué diablos me metí ahora?». El lugar no parecía un santuario de película, más bien un rancho olvidado en mitad de la nada, cerca de Saltillo. Era una mezcla extraña de tiempos: cuatro casas grandes y viejas con aire de antigua hacienda, rodeadas de tierra sedienta, y un edificio de dos plantas que recordaba a una pequeña escuela rural. Frente a él, una cancha de básquetbol con el tablero astillado y el concreto agrietado le daba al paisaje un toque de desolación cotidiana. Al fondo, como si vigilara el vacío, se levantaba la capilla. No había cercas, ni muros altos, ni alambres de púas. El límite de la propiedad era invisible, como si el desierto mismo fuera la única frontera necesaria para mantener al mundo afuera. Crucé la puerta de entrada y el silencio me recibió como una bofetada. Esperaba algo de movimiento o al menos un monje que me indicara el camino, pero no había nadie. Caminé entre las casas y me asomé a las ventanas oscuras, mientras percibía cómo el eco de mis propios pasos sobre la tierra era el único sonido en kilómetros a la redonda. El temor empezó a mutar en una paranoia sorda: «¿Y si estoy solo? ¿Y si al padre Ángel se le olvidó que venía?». La inmensidad del complejo me hizo sentir minúsculo. Sin saber a quién llamar y con la boca seca por el polvo, decidí rendirme al espacio. Me senté en una de las bancas derruidas a esperar que alguien o algo cruzara ese escenario terroso. Ahí, sentado bajo el sol de mediodía, comenzó mi primer ejercicio forzado de paciencia. Mi mente, acostumbrada al ritmo frenético del ruido, ya estaba empezando a buscar una salida antes siquiera de haber entrado. Mientras recorría con la mirada aquel escenario, divisé al fondo una puerta que rompía la monotonía del abandono: parecía una oficina improvisada. Me acerqué con la urgencia del que busca una señal de vida y me topé con un pequeño rincón de comercio espiritual: estantes con libros gastados, veladoras de colores y accesorios que acumulaban el polvo del desierto de Coahuila. —¿Hay alguien aquí? —grité. Mi voz sonó extraña, demasiado alta para la paz del lugar. De una puerta lateral, como si hubiera estado esperando ese grito, emergió el padre Ángel María. En cuanto sus ojos se cruzaron con los míos, solté un suspiro que no sabía que estaba reteniendo y el aire volvió a mis pulmones. Su bienvenida fue todo menos convencional —no hubo un apretón de manos distante ni una bendición formal—: se acercó, puso sus manos pesadas y firmes sobre mis hombros y, con una naturalidad asombrosa, inclinó su frente hasta que chocó suavemente con la mía. Ese pequeño gesto me ancló de inmediato. Sentí que, en aquel choque de frentes, me aceptaba como uno de los suyos antes de que yo pudiera pronunciar una sola palabra. Nos sentamos en una oficina que parecía suspendida en el tiempo. Entre el olor a papel viejo y cera, había una computadora de monitor grueso, un teléfono de cable enroscado y un fax. —Dime de nuevo —me dijo con esa calma que me había fascinado un año atrás—: ¿a qué has venido con exactitud? Me tomó un segundo ordenar el torbellino. Habíamos hablado por teléfono, pero estar ahí, frente a su paz inquebrantable, lo cambiaba todo. —Necesito silencio para saber qué hacer conmigo —le dije, y sentí que la voz me temblaba un poco—. No estoy listo para decidir. Antes de la sierra, antes del accidente, creía que lo tenía claro: quería ser hermano lasallista; anhelaba esa entrega. Pero ahora, de pronto, dejé de «sentir el llamado». Se apagó… No sé qué es lo que quiero. Tengo miedo de tomar una mala decisión, de perder el tiempo, de ser un inmaduro que solo toma decisiones por impulso o por el qué dirán. Lo miré a los ojos buscando esa claridad que a mí me faltaba. —Cuando lo conocí a usted, vi a alguien que parecía vivir sin dudas, alguien que habita el presente sin que el pasado lo muerda. Yo quiero aprender eso. Por eso elegí estos treinta días: quiero aprender a escucharme en el silencio para no equivocarme de camino. El padre Ángel María me escuchó con una sonrisa leve, tranquila. —Bienvenido —respondió—. Pero te diré una cosa: aquí no tengo un plan de estudios para ti. No hay libros de texto ni lecciones programadas. Pero si Dios te trajo hasta este desierto, mi única misión es guiarte según lo que yo entienda de su mano. En ese momento comprendí que no había un mapa. Estaba a punto de entrar en la oscuridad del silencio absoluto y mi único guía era un hombre que confiaba más en la incertidumbre que yo en cualquiera de mis planes. El padre Ángel María se puso de pie y me invitó a caminar. Salimos al sol de la tarde para que me mostrara las instalaciones del lugar. —Aquí es donde trabajamos —dijo mientras señalaba la pequeña casa que era la oficina—. Los hermanos la usamos para la administración y las hermanas venden lo que fabrican con sus manos para sostener la comunidad. Me detuve en seco. ¿Hermanas? No sabía que había monjas ahí. El padre señaló entonces un complejo herméticamente cerrado, una fortaleza dentro del desierto. —Ahí viven ellas. Es claustro absoluto; procura no acercarte —me advirtió con una seriedad que marcó una línea invisible en la tierra. Seguimos caminando hacia el edificio que yo había confundido con una escuela. Me explicó que era una bodega vieja, un cascarón vacío de los antiguos dueños, a excepción de un cuarto: un taller de carpintería que siempre estaba abierto. —Puedes entrar cuando quieras y trabajar ahí, si te sirve — dijo, como si supiera que mis manos necesitarían ocuparse cuando mi voz callara. Llegamos a la casa central. Era un lugar de contrastes: una cocina pequeña, pero atiborrada de sartenes gigantes, con capacidad para alimentar a un ejército de cincuenta personas, y un gran salón despojado de todo, salvo por una mesa para doce. Lo que más me inquietó fue que todas las puertas y ventanas estaban abiertas de par en par. El viento y el polvo entraban sin permiso. No entendía por qué nadie cerraba nada; se sentía como vivir en un lugar sin secretos ni defensas. A lo lejos, me señaló la casa de los hermanos —eran solo cuatro, contándolo a él— y mencionó la biblioteca. —Te recomiendo leer siempre dos libros al mismo tiempo —me dijo con un tono juguetón—: uno del lado derecho y otro del lado izquierdo. Lo miré sin comprender, pero él no dio explicaciones. En el monasterio, las respuestas no se daban, se encontraban. Por fin, llegamos a la casa de en medio: mi hogar durante los próximos treinta días. Era una construcción antigua, de techos altísimos que parecían retener el calor del día, con seis celdas y un baño común. —Este es tu cuarto —dijo al abrir la puerta. La celda era la definición de la austeridad: paredes gruesas, ventanas de madera con cristales cuadriculados, una litera de metal, un lavabo solitario y una cruz pequeña que velaba desde la cabecera. El eco de la puerta al entornarse me recordó que ya no había marcha atrás. —Descansa —me dijo el padre—. A las siete rezamos las vísperas en la capilla, por si quieres acompañarnos. Y a las seis de la mañana rezamos los laudes todos los días. Si tienes hambre, ve a la cocina y prepárate algo; aquí no hay horarios de comida, cada quien escucha a su cuerpo. Antes de irse, me lanzó una pregunta que sonó más a orden que a invitación: —¿A qué hora quieres estar en presencia del Santísimo? Te agrego al rol diario. —A las cinco de la tarde —respondí eligiendo una hora al azar, sin saber que aquella hora terminaría enfrentándome a mis propias creencias. Se marchó y me quedé solo. Me senté en la orilla de la litera, con el cráneo rapado y el silencio que empezaba a filtrarse por las grietas de la ventana. Eran las primeras horas de mi desintoxicación, y el vacío del cuarto comenzaba a asemejarse a un espejo donde no podía evitar mirarme. Me lavé la cara en el pequeño lavabo de la celda: el agua fría sobre mi piel me devolvió a la realidad. Acomodé mis tres cambios de ropa en la litera y, por primera vez, me permití habitar ese espacio. Al salir a caminar, el paisaje de Coahuila me jugó una broma mental: el desierto se parecía tanto al de Sonora que, por un segundo, sentí que estaba cerca de casa y, al mismo tiempo, en otro planeta. Caminé hacia la capilla antes de las siete. Entré con paso lento y dejé que mis ojos recorrieran la austeridad absoluta del lugar. No había imágenes doradas ni adornos pretenciosos; la belleza residía en lo funcional: los instrumentos de la misa, un par de manteles limpios, la madera gastada. Sin entender por qué, sentí que ese vacío me abrazaba. No intentaba impresionarme. Quizá por eso experimenté paz: una chispa minúscula de lo que había venido a buscar. Pero la paz se quebró con un escalofrío. Cinco minutos antes de la hora, cuatro figuras entraron casi en sincronía. Llevaban las capuchas que ocultaban sus rostros y se movían como sombras antiguas. Del susto retrocedí instintivamente hacia una esquina, tratando de hacerme invisible. No hubo saludos ni miradas. Para ellos, yo no existía, o quizás era solo una parte más del silencio. Se sentaron dos a cada lado en las primeras bancas y abrieron la Liturgia de las Horas. De repente, el aire se llenó de un murmullo rítmico: empezaron a rezar en latín con una coordinación perfecta. Tomé el libro que tenía enfrente, desesperado por encajar, por encontrar la página, por entender el código de aquel mundo. Pero las letras bailaban ante mis ojos y, a los pocos minutos, me rendí. Cerré el libro y me dediqué a lo único que podía hacer: observar y escuchar el peso de los siglos en sus voces. Tan rápido como empezaron, a los diez minutos se levantaron y abandonaron la capilla uno detrás del otro. El silencio que dejaron era más denso que el de antes. Sentí miedo ante su indiferencia, aunque, al mismo tiempo, entendí que así vivían. El intruso ahí era yo. Fue entonces cuando noté el rugir de mis tripas y recordé: no había comido nada en todo el día. Crucé el patio hacia la cocina con el paso de un intruso. Aunque el padre me había dado permiso, me sentía como quien roba pan en casa ajena. Miraba por encima del hombro a la espera de un regaño (que nunca llegó) o de una voz que me detuviera; no hubo nadie. Tomé un bolillo y un vaso de agua con movimientos rápidos, casi furtivos. Salí al aire frío de la noche y me senté bajo el cielo de Saltillo. El pan sabía a tierra y a libertad. Mientras masticaba en la oscuridad, levanté la vista hacia las estrellas, que brillaban con una claridad que la ciudad nunca permite. Estaba solo, en silencio; por primera vez en dieciocho años, no tenía que ser nadie para nadie. Sentado bajo la inmensidad del cielo de Coahuila, la paz inicial empezó a agrietarse. El vacío, cuando no estás acostumbrado a él, se siente como una amenaza. «¿Qué estás haciendo aquí?», me pregunté a la par que el eco de mis propias dudas rebotaba en la oscuridad. «¿Por qué estás perdiendo el tiempo mientras el resto avanza?». La ansiedad, esa vieja conocida, reclamó su espacio. Recordé que en la maleta había guardado un paquete de cigarros; me había prometido fumar solo uno al día, como una forma de mantener el control en un lugar donde ya no controlaba nada. Me sentía observado, no por los monjes, sino por la pureza del lugar. Todo en el monasterio se sentía protegido, casi sagrado, y la idea de encender un cigarro ahí me parecía una profanación. Necesitaba salir. Caminé más allá de la barda, cruzando el límite invisible hacia el desierto abierto, hasta que encontré un tronco seco. Me senté y, con dedos nerviosos, encendí el tabaco. Di una fumada larga, profunda, y entonces el paisaje se transformó ante mis ojos. Frente a mí se extendía un horizonte extraño. La luz de la luna bañaba un cerro a lo lejos y proyectaba sombras alargadas sobre la tierra. Parecía una pintura de Dalí que cobraba vida: los relieves se distorsionaban, el tiempo se estiraba y el silencio se volvía táctil. No supe si fue el efecto de la nicotina al calmar mis nervios o si fue la belleza brutal de aquel desierto nocturno lo que finalmente me dio tregua. Me quedé ahí, suspendido en el tiempo, observando cómo el mundo seguía existiendo sin necesidad de mis palabras. Cuando sentí que el frío de la noche ganaba la partida, regresé a la celda. Al encender la luz, el bajo voltaje del foco tiñó las paredes de un amarillo tembloroso y estremecedor y proyectó sombras que daban vida a las grietas del techo. El lugar se sentía pesado, antiguo. Para contrarrestar aquella frialdad, encontré una vela en un rincón y la prendí. Necesitaba otro tipo de calor; una luz que yo pudiera gobernar. Me acosté en la litera, bajo la pequeña cruz de madera, y dejé que el baile de la llama en la pared fuera lo último que viera. Esa noche, la ansiedad con la que había llegado de Hermosillo se sintió, por primera vez, un poco más lejos. Me quedé dormido en el corazón del silencio.
Capítulo 2
DÍA 2 Pensé que aquí habría silencio. Había ruido en todas partes.
A las cinco y media de la mañana, el silencio del monasterio fue interrumpido por el pitido agudo de mi reloj Casio. En la ciudad, aquel sonido era una molestia rutinaria; aquí, en el vacío de la celda, sonaba como una sirena de emergencia. Me incorporé de golpe —todavía tenía esa emoción ingenua del que cree que la aventura será espiritual y ligera—, con la intención de purificarme para el primer día completo. Pero el monasterio tenía su propia forma de darme la bienvenida. Entré al baño común, abrí la llave de la regadera y esperé; el vapor que buscaba nunca apareció. Cuando el primer chorro tocó mi piel, el grito se quedó atrapado en la garganta. No era agua: eran agujas de hielo líquido que me devolvían a la realidad de un solo golpe. Afuera, el termómetro marcaba unos diez grados; dentro de esa regadera, el agua parecía estar a diez bajo cero. No hubo transición ni calidez; fue un bautismo violento que me despertó los nervios. Me bañé a una velocidad frenética, al tiempo que temblaba y sentía cómo la sangre corría hacia mis órganos para protegerme del frío. Al salir, mientras el vapor de mi propia respiración flotaba en el aire gélido, me vestí con lo que yo consideraba mi nueva armadura: un camisón con gorro y huaraches de piel. Al verme en el pequeño espejo, con el cráneo rapado y aquella vestimenta austera, sentí que finalmente estaba empezando a encajar. No era un monje, pero me sentía con un «hábito de principiante». Estaba listo para salir a la oscuridad del patio. Llegué a la capilla cinco minutos antes de las seis, todavía con el escalofrío del baño de hielo recorriéndome la espalda. Ahí estaban ellos, las cuatro sombras encapuchadas, como si nunca se hubieran ido de las bancas. Abrí la Liturgia de las Horas con una determinación renovada, pero el sueño y el latín volvieron a ganarme la partida. Las páginas parecían un laberinto sin salida; por más que intentaba seguir el ritmo de sus voces, mi cerebro no lograba anclarse. Eran monjes sincronizados contra un joven que apenas intentaba descifrar el código. Al terminar, salieron de nuevo en fila india, y me dejaron a solas con el eco de sus oraciones. Me moví hacia el patio a esperar el amanecer. Necesitaba ver cómo la luz del sol desnudaba el cerro que la noche anterior, bajo la luna de Dalí, me había parecido un sueño. Quería ver la realidad del desierto sin filtros. A las siete de la mañana, el hambre fue más fuerte que la timidez. Entré a la cocina con la misma culpa de quien ingresa en propiedad ajena, con una curiosidad voraz. Al abrir la pequeña alacena, el inventario de la austeridad se desplegó ante mí: una docena de huevos, latas de atún, salsa de tomate, una bolsa con veintidós birotes y unas cuantas sopas de fideo. El pan con agua ya no era suficiente; mi cuerpo pedía combustible para el frío. Me preparé un huevo, tomé un pan y me senté a la mesa larga, saboreando cada bocado con una intensidad que nunca había sentido en la ciudad. El hambre volvía sagrado lo simple. Casi brinco del susto cuando la puerta se abrió. Un monje, el más viejo que había visto hasta entonces, entró al comedor. Me encogí en la silla y agaché la cabeza de manera instintiva en un intento de volverme invisible para no parecer un entrometido. Pero él rompió el muro. —Soy el padre Marie, el prior de este lugar —dijo con un marcado acento francés que llenó la habitación—. ¡Bienvenido, Miguel! Me puse de pie de un salto para darle la mano, pero él repitió el gesto del padre Ángel María: el contacto de las frentes, el «tope» de bienvenida. En ese instante, dejé de sentirme un intruso. Me sentí parte de una familia extraña, pero familia al fin. —Si necesita algo, búsqueme para orientación —añadió con una sonrisa. Me ofrecí a prepararle el desayuno, con el deseo de ser útil y pagar mi estancia con servicio. Él solo sonrió de nuevo y siguió de largo hacia la cafetera. Terminé de comer rápido, lavé mis trastes con una minuciosidad casi religiosa para borrar cualquier rastro de mi paso y dejé todo exactamente como lo encontré. El silencio del comedor volvió a cerrarse sobre mí, pero ahora con un aroma a café y una sensación de pertenencia que empezaba a germinar. Regresé a mi celda con la inercia de quien todavía necesita sentirse ocupado. Me lavé los dientes, barrí el suelo y limpié el baño de manera obsesiva, como si el orden exterior pudiera acallar el desorden que aún traía dentro. Al terminar, el vacío me estaba esperando. Estaba frente a frente con el reto más grande: planear un día entero sin tener nada que hacer. Recordé el consejo del padre Ángel María y me dirigí a la biblioteca. Al entrar, el misterio se resolvió con una claridad geométrica. La estantería estaba dividida por una frontera invisible: a la derecha, el peso de la tradición, lo sagrado, el espíritu; a la izquierda, el mundo, la filosofía, lo humano. Entendí que su consejo de «leer dos libros al mismo tiempo» no era una técnica de lectura rápida, sino un ejercicio de equilibrio. Realicé mi selección con la curiosidad de un buscador de tesoros. Tomé la Liturgia de las Horas —esta vez en español, mientras soltaba una carcajada interna al darme cuenta de que no tenía que sufrir con el latín para hablar con Dios— y las Florecillas de San Francisco. Al tocar ese libro, regresaron a mí las misiones de Semana Santa, el olor a fogata y las historias del santo que hablaba con los lobos y las flores: fue como reencontrarme con un viejo amigo en mitad del desierto. Para el lado izquierdo, elegí un título que vibraba con una energía distinta: Así hablaba Zaratustra. Hojeé las páginas entre el polvo de la biblioteca y tracé mi propio plan de estudios: • Mañanas de espíritu. Me sumergiría en lo sagrado mediante la liturgia, el estudio de la Biblia, las historias de los santos y las obras de teología clásica. • Ejercicio. Realizaría actividad física para no dejar que la ansiedad se estancara en los músculos. • Tardes de mundo. Me ocuparía con filosofía, retos mentales y lecturas que cuestionaran mis conocimientos y valores. • Contemplación y oración mediante los laudes, la contemplación del Santísimo a las cinco de la tarde y, a las siete, las vísperas . Ya no me sentía tan perdido: tenía un horario. En ese momento, la libertad total del monasterio dejó de ser una amenaza y se convirtió en un lienzo en blanco. Me acomodé en un rincón de la biblioteca y dejé que la luz de la mañana de Coahuila se filtrara por las ventanas altas. Abrí las Florecillas de San Francisco y, conforme avanzaba en la lectura, el silencio de la sala empezó a llenarse de una presencia familiar. Sentí un calor de reconocimiento. Ahí estaba él, el poverello de Asís, quien se despojó de sus finas ropas frente a su padre y la ciudad entera hasta quedar desnudo para no deberle nada a nadie más que a Dios. Me toqué la cabeza rapada y miré mis huaraches de piel; por primera vez en meses, mi despojo no pareció una carencia, más bien una liberación. Francisco no quería títulos ni carreras; quería ser una herramienta, un canal, un simple instrumento en manos de algo más grande que él mismo. Su armonía con la naturaleza —esa capacidad de llamar «hermano» al sol y «hermana» a la muerte— le daba un sentido nuevo a mi estancia en el desierto. Si él podía encontrar a Dios en el lobo o en un pájaro, quizás yo podría encontrar respuestas en este silencio de tierra y espinas que me rodeaba. Al leer sus experiencias, el miedo al «qué dirán» o la presión por la carrera correcta empezaron a palidecer. Comencé a sospechar que la vocación era algo mucho más profundo que elegir una carrera. En ese pequeño cuarto lleno de libros viejos, sentí que mi deseo de desintoxicación espiritual no era una locura de juventud, más bien un eco de esa misma búsqueda que, siglos atrás, había llevado a un hombre a besar a un leproso y a cantar bajo las estrellas. Por un momento, el torbellino de mi ansiedad se detuvo. Si Francisco había podido encontrar la paz en la renuncia absoluta, tal vez yo también podría. Después de leerlo, sentí un impulso extraño de salir a caminar, como si el libro me estuviera empujando hacia afuera. Observé los senderos que se habían formado de tanto paso, así como los arbustos, los rosales y los árboles abandonados. Me imaginé que, hacía muchos años, ese lugar debió ser una hacienda llena de vida, y me di cuenta de que su belleza seguía ahí, escondida bajo capas de descuido; lo único que faltaba era alguien que le metiera mano. Fui al taller de carpintería a buscar con qué trabajar. Encontré unas pesadas tijeras de jardinero, un machete con el mango gastado y unas mangueras viejas que parecían serpientes resecas. Sin un plan maestro ni un orden lógico, me acerqué al primer arbusto que vi y empecé a mocharle las ramas secas. Dediqué toda mi concentración a esa tarea: me seguí de largo con uno y luego con otro, y cuando menos me di cuenta, ya habían pasado casi cuatro horas. El esfuerzo físico se convirtió en mi nuevo lenguaje: el golpe seco del machete y el sonido de las tijeras eran lo único que necesitaba escuchar. Fue como si, al ir quitando la maleza de afuera, también estuviera podando el ruido de mi propia cabeza. Tenía las manos llenas de savia, polvo y ampollas, pero mientras el agua de las mangueras despertaba ese olor a tierra mojada tan propio del desierto, sentí una paz que no me daban los libros. Después de soltar el machete, el hambre me pegó de golpe. Fui a la cocina; esta vez ya no entré como un extraño pidiendo permiso: entré como alguien que acaba de ganarse su lugar en la mesa. Al abrir la alacena, noté una canasta con verduras que no había visto ahí ayer, como un pequeño milagro del desierto. Me preparé una papa, un huevo y un tomate, y me serví un vaso de agua bien fría. Sentarme a comer en silencio fue la gloria. Tenía esa paz que solo te da el haber terminado una tarea pesada, ese «misión cumplida» que te recorre el cuerpo cuando sabes que hiciste algo útil. Cada bocado sabía a recompensa, a tierra trabajada y a un orden que yo mismo había recuperado. Al terminar, me fui a mi celda y me desplomé en la litera. No necesitaba meditar ni pensar en San Francisco; mi cuerpo simplemente se apagó. Dormí apenas unos quince minutos, una siesta relámpago que me supo a gloria. Cuando abrí los ojos, sentí que recuperé algo de energía, como si el sueño me hubiera sacudido el cansancio del sol. Estaba listo para lo que seguía. Me tumbé en la litera, todavía con el rastro del sol en la cara, y abrí Así hablaba Zaratustra. Si San Francisco me había hablado al corazón, Nietzsche me sacudió el cerebro. Conforme pasaba las páginas, sentí una emoción intelectual que nunca había experimentado: una especie de placer eléctrico; era como si cada frase me inyectara una dosis de valentía pura. Zaratustra me retaba a ser algo más, a no conformarme con las sombras y a buscar mi propia fuerza. Ahí, tirado en un cuarto en medio de Coahuila, me sentí extrañamente poderoso. El libro me motivaba a ser mejor y a forjar mi voluntad como si fuera una espada. Entre la paz del santo y el fuego del filósofo, empecé a dimensionar que esos treinta días no eran solo para descansar, más bien para reconstruirme. Con esa chispa encendida en la cabeza, cerré el libro y miré el techo. Por primera vez, sentía que el silencio no era un vacío, sino un espacio lleno de posibilidades. El tiempo voló entre las páginas de Nietzsche y perdí la noción de las horas hasta que el instinto me dio un sacudón. Recordé mi cita con el Santísimo y salí de la celda casi trotando. Llegué a la capilla justo a las cinco de la tarde, con el aliento corto y el eco de Zaratustra todavía dando vueltas en la cabeza. Al entrar, me frené en seco. El silencio de la capilla era distinto al de la mañana: se sentía denso, cargado de algo que no alcancé a nombrar. Al fondo, debajo del altar, vi una figura que me asustó por un segundo: el padre Ángel María estaba tirado en el suelo, boca abajo al completo, con los brazos extendidos en una cruz perfecta que trazaba con su propio cuerpo. Me quedé paralizado en el umbral. No era una postura de descanso: era una entrega absoluta. Procuré no hacer ni el más mínimo ruido, pues me sentí como un intruso en un momento demasiado íntimo, y me escabullí hasta la última banca de atrás. Lo observé mientras contenía la respiración. Casi al dar las cinco, como si tuviera un reloj biológico ajustado al milímetro, el padre se movió. Se levantó con una parsimonia que me puso los pelos de punta, se acomodó la capucha y caminó hacia la salida. Pasó justo al lado de mi banca, rozándome casi con el hábito, pero no me miró. No hubo un gesto, un guiño o alguna señal de que hubiera notado mi presencia. Salió de la capilla y me dejó ahí solo, frente al altar vacío, con el corazón acelerado. Mi hora con el Santísimo acababa de empezar, y el silencio, después de ver aquello, se sentía mucho más profundo. Me acerqué al frente y encontré una de esas bancas de madera tipo grapa, diseñadas para que hincarse no sea un suplicio. Me acomodé frente al altar, con los ojos clavados en el Santísimo, y empecé a hablar. Al principio, las palabras salían con fluidez: di las gracias por el día, pedí por mi familia y por mis amigos y solté las peticiones de rigor por el hambre y la paz en el mundo. Pero después de un rato, sentí que estaba repitiendo: eran oraciones que sonaban personales; en el fondo eran mecánicas, como un guion que mi mente recitaba para llenar el vacío. El cuerpo no tardó en protestar. Sentí ese hormigueo desesperante en los pies por la falta de circulación y decidí quitar el banco para hincarme directamente en el suelo, sin apoyo. Intenté varias posturas, pero ninguna funcionaba; el cansancio de la poda bajo el sol y la lectura de Zaratustra empezaron a pesarme en los párpados. No supe en qué momento perdí la batalla. El silencio, que hacía unas horas me parecía un reto, se convirtió en una manta pesada que me arrastró al fondo. Me quedé dormido ahí mismo, frente al altar. Me despertó de golpe el sonido de unos pasos. Al abrir los ojos, desorientado, vi a otro monje que entraba a la capilla para tomar su turno. Sentí que la cara me ardía de pura vergüenza; me asumí como el peor principiante del mundo al fallar en mi primera cita importante. Me levanté lo más rápido que pude, me encasqueté la capucha para esconder mi torpeza y salí disparado sin voltear a verlo. Crucé la puerta de la capilla con el corazón acelerado y dejé atrás mi primer intento de meditación profunda convertido en una siesta involuntaria. Me regañé diciéndome que, antes de conquistar el espíritu, primero tenía que aprender a domar mi propio cansancio. Regresé a mi celda con el paso rápido y la cara todavía caliente por la vergüenza. Me sentía un fraude. Había llegado con planes de estudio, horarios perfectos y una armadura de aspirante a monje, pero a la primera oportunidad me había quedado dormido como un niño. Sentía que le había fallado al padre Ángel María, al Santísimo y, sobre todo, a la imagen idealizada que tenía de mí mismo. Para sacudirme la sensación de derrota, busqué refugio en lo único que me quedaba: el libro. Me tiré en la litera, abrí de nuevo a Nietzsche y me dispuse a leer con una intensidad casi desesperada. Necesitaba que las palabras de Zaratustra ahogaran el silencio que ahora me parecía acusador. Fue mi manera de escapar de lo que estaba sintiendo. Mientras las páginas pasaban, el cansancio del cuerpo y el peso del fracaso empezaron a disolverse en las ideas del libro. Me quedé ahí, refugiado en la tinta, esperando que pasara la hora para la siguiente actividad programada. A las siete, regresé a la capilla para las vísperas. Esta vez no iba con las manos vacías ni con la mente en blanco; llevaba bajo el brazo mi ejemplar de la Liturgia de las Horas en español. Me sentía listo, casi armado. Cuando el padre Marie inició la oración y los monjes le siguieron, una chispa de triunfo me recorrió: por fin sabía en qué página estábamos. No me atreví a rezar en voz alta, pero movía los labios al ritmo de sus voces con la sensación de que, después de todo el caos del día, finalmente era parte de ese momento. Pero lo mejor vino al final. De pronto, el ambiente cambió. Los monjes empezaron a cantar el magníficat. Sus voces se elevaron en un canto gregoriano que llenó cada rincón de la capilla austera. En ese instante, ocurrió algo que solo puedo describir como mágico: sentí que el corazón se me inflaba de una manera distinta, una mezcla de asombro y pertenencia que no conocía. No entendía ni una palabra de lo que cantaban, pero no hacía falta. La luz tenue, el parpadeo de las velas contra las paredes de adobe y el olor a madera vieja crearon una atmósfera que me arrancó del presente. Me sentí transportado a una época que no viví, pero que podía imaginar a la perfección; fue como habitar una historia de siglos atrás. En medio de aquel canto, el cansancio, la vergüenza por haberme dormido y mis dudas de principiante se disolvieron. Por unos minutos, el desierto dejó de ser un lugar de castigo para convertirse en un santuario. Cuando el último eco del canto se desvaneció, los monjes salieron en su procesión silenciosa de siempre. Yo me quedé un momento ahí, con el pecho inflado por una emoción que no sabía que podía sentir. Salí de la capilla y caminé directo a mi tronco, ese que ya sentía como mi pequeño refugio fuera del perímetro del monasterio. Me senté en la oscuridad y me di cuenta de algo fundamental: el miedo del primer día se había esfumado. Ya no me sentía un intruso ni un bicho raro; me percibía como parte del lugar. Saqué mi cigarro del día y lo encendí, pero esta vez no fue para calmar la ansiedad, sino para celebrar el paisaje que ya empezaba a serme familiar. Le sonreí a la noche y a aquel horizonte daliniano, con la sensación de que el desierto y yo al fin nos habíamos presentado formalmente. Regresé a la cocina y me preparé la misma cena de la tarde; disfruté la repetición y el orden de las cosas. Al llegar a mi celda, encendí la vela. El baile de la llama sobre las paredes de adobe ya no me parecía estremecedor, más bien acogedor. Me acosté y retomé a Nietzsche; dejé que sus ideas me acompañaran hasta que el sueño me ganó de nuevo. Todo, por fin, se sentía en paz. El segundo día había terminado.